El papel de los trabajadores en la formación de la cultura nacional

Por: Raúl Guadalupe de Jesús

La cultura nacional puertorriqueña se formó bajo el proceso de dominio y explotación del imperialismo español. La protohistoria de la clase trabajadora nuestra se forjó en el proceso inicial de las primeras comunidades campesinas cimarronas. Esas comunidades compuestas por cautivos criollos, por esclavos provenientes de las islas de nuestro archipiélago, por pardos y mulatos, crearon una relación singular con el territorio. Crearon unas relaciones sociales y naturales asentadas en unos vínculos de solidaridad y producción colectiva en la contraplantación que el estado colonial español fue reestructurando pero que no logró disolver en su totalidad. De esas relaciones sociales y naturales surgieron los lazos nacionales de nuestra comunidad antillana.

Cuando se realiza la invasión imperialista de los Estados Unidos, ya la nación puertorriqueña existía, nutrida y sustentada por la clase obrera. Las clases propietarias criollas ya habían establecidos lazos de relaciones estratificadas con los sectores de los trabajadores en un horno transmutativo en donde se cocieron los elementos comunes de nuestra comunidad nacional. Fue, bajo la presión de las luchas sociales que incluyó la revolución de Lares de 1868, que el gobierno español tuvo que acceder a la abolición de la esclavitud y del régimen de la libreta de jornal. Ciertamente, la guerra anti-imperialista cubana constituyó una presión política sobre el gobierno español.

Entre los años de 1868 al 1873, posterior a la revolución de Lares, adviene un lustro que podríamos denominar como uno determinado por las resonancias de las demandas de la revolución del 68′. Este coincide con el período de gobierno liberal en la península. A partir de la dialéctica de los procesos históricos, considero que el poder imperialista no es uno impermeable a las luchas sociales que se realizan en sus colonias. La revolución en el Caribe entre 1868 y 1878 obligó a la metrópolis española en algunas coyunturas a reformular su política colonial. Con la abolición de la esclavitud, demanda de la revolución puertorriqueña del 68, se asientan los inicios de la clase obrera moderna puertorriqueña (investigación en proceso).

Sucede que como decía Marx: ´´El régimen del capital presupone el divorcio entre los obreros y la propiedad sobre las condiciones de realización de su trabajo. … proceso que de una parte convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras de otra parte convierte a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se llama originaria porque forma la prehistoria del capital y del régimen capitalista de producción´´ (El Capital, Tomo I, página 608).

García y Quintero nos dicen sobre este proceso lo siguiente: ´´El crecimiento urbano fue el resultado de las transformaciones ocurridas en la economía esclavista y feudal (tengo mis reservas sobre este último concepto) a partir de la década de 1870 y cuyas repercusiones en la vida de los trabajadores fueron significativas. La falta de esclavos y el encarecimiento de sus precios, la extensión del cultivo y la renovación técnica de la industria azucarera provocadas por la competencia de remolacha en los mercados internacionales y el triunfo del liberalismo en España a partir de 1868 –entre otras razones- aceleraron la crisis y la abolición de la esclavitud y del trabajo servil, punto de partida de una mayor movilidad entre el campo y la ciudad y el desarrollo de un mercado libre de trabajo. Este proceso fue activado por la fundación de las primeras centrales azucareras modernas a partir de 1873. Estas, en su afán de acrecentar la superficie cultivada, transformaron a muchos agregados y pequeños propietarios en asalariados y privaron a los trabajadores del acceso a la tierra disfrutado anteriormente’’ (Desafío y solidaridad, 15-16). Este divorcio entre los trabajadores y los medios de producción fue vigilado y dirigido por una metrópolis y un capital extranjero.   A su vez, produjo de forma acentuada la transformación de las formas esclavizantes de trabajo en otras formas, también esclavizantes, como el régimen de trabajo asalariado. Esta historia hay que precisarla con nueva data empírica y con una perspectiva científica en la investigación del desarrollo del capitalismo colonial y la clase trabajadora en nuestro país. Además, incluir otra dimensión de la geografía económica interior de la isla donde las haciendas cafetaleras operaban promoviendo unas relaciones de propiedad diferentes a las producidas por la producción azucarera.

La segunda mitad del siglo XIX es el escenario del origen de la clase trabajadora asalariada puertorriqueña bajo los estrictos marcos determinantes de la economía de mercado. Nuestras relaciones comerciales en términos de mercancías en exportación e importación se sostenían con dos imperios coloniales, España y Estados Unidos (considero la conquista del oeste y la guerra con México como conquistas coloniales).

Este proceso lleva a que la clase trabajadora puertorriqueña organice sus primeras organizaciones mutualistas, gremios y casinos. Además, desarrolla una prensa obrera vigorosa que incentiva el espíritu de lucha y solidaridad, como lo evidencia las huelgas obreras en la década de 1890. Cuando se realiza la invasión imperialista de 1898, ya la clase trabajadora puertorriqueña caminaba sobre sus propios pies con una cultura popular y obrera singular. Cultura popular nacional que se venía desarrollando desde las entrañas de la esclavitud, las comunidades campesinas cimarronas y el trabajo a jornal.   Una cultura producida por el sector que produjo, y que todavía produce, la riqueza social de la colonia. Ramón Romero Rosa, uno de nuestros dirigentes obreros a principios de siglo XX trazó de forma intuitiva, pero lúcida, los orígenes históricos de la clase obrera puertorriqueña. En una polémica que sostuvieron él y Eduardo Conde con Ramón Castro Rivera en 1901, a raíz de unas declaraciones públicas de Castro Rivera contra los puertorriqueños negros, Romero Rosa sostuvo: ʺLos hijos de África, entiéndase bien, los desgraciados seres traídos para colonizar esta indiana región, formaron nuestro primer pueblo trabajador después de la conquista. Y sería faltar a la razón y a la justicia, si se negara que la riqueza productiva de este suelo se debe casi en absoluto a todos esos desventurados trabajadores, esclavos dos veces de la tiranía patronal y de la del Estado´´ (La Miseria, 27 de marzo de 1901, Literatura puertorriqueña negra del siglo XIX, Roberto Ramos Perea, 344).

Ante la celebración del Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, los historiadores, estudiantes, sindicatos y la clase obrera puertorriqueña no deben olvidar sus orígenes. Es un deber histórico reforzar la conciencia y el conocimiento del papel central de la clase trabajadora en el proceso de formación de la cultura nacional y de la riqueza material que se nos fuga por los canales de una economía colonial orientada (y controlada) hacia el mercado estadounidense.

El autor es historiador, poeta y profesor de Literatura en la UPR en Bayamón y del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Miembro de la Junta Pedro Albizu Campos.

 

 

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Breve comentario sobre el Jibarito tocando güiro, boceto para El Velorio de Francisco Oller

Breve comentario sobre el Jibarito tocando güiro, boceto para El Velorio de Francisco Oller

Por: Raúl Guadalupe de Jesús

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Jibarito tocando güiro de Francisco Oller

                Jean Casimir en sus importantes obras La cultura oprimida (1980) y en La

invención del Caribe (1997) define el proceso histórico social de las Antillas como uno

marcado, todavía hoy, por la dialéctica de la plantación/contraplantación. Los

colonizadores euroccidentales (Europa/USA) han tenido control de las estructuras

productivas, pero no han podido extender esa hegemonía en todos los poros del cuerpo

socio-cultural antillano. En ese espacio de libertad relativa se ha desarrollado la

contraplantación construyendo una historia transversal (Glissant). La contraplantación ha

dado pie a las distintas identidades caribeñas (horno heterogéneo transmutativo de lo

nuevo). Esa productividad cultural de la contraplantación forjó, y forja, una cultura

popular, una estética visual y literaria propias, autónomas y en desarrollo permanente.

 

La cultura puertorriqueña con sus particularidades antillanas se ha forjado en el

proceso de la contraplantación. La pintura de Francisco Oller, El velorio, es una muestra

visual de lo que fue la cultura puertorriqueña en el siglo XIX. Las culturas no son

estáticas ni funcionan en el proceso histórico como bolas de billar, más bien son procesos

porosos que se transforman en un proceso de ruptura y continuidad. Me llama la atención

un cuadro que Oller realizó como boceto para la obra mayor, titulado Jibarito tocando

güiro. En este boceto vemos a un jíbaro negro puertorriqueño tocando un instrumento

antillano en una pintura que terminó de realizarse en 1893.

 

La actividad que se proyecta en el cuadro maestro, la celebración de un velorio

baquiné, tiene raíces africanas y españolas. Esta se transforma en una actividad propia de

la contraplantación de la cultura popular puertorriqueña. El título del boceto como la

acción del jibarito en este cuestiona con solo mirar-ver-observar las tesis hispanófilas y

negrófilas que se han desarrollado en la universidad colonial a lo largo del siglo pasado.

 

La extrapolación acrítica de teorías y marcos conceptuales de los centros

metropolitanos  de estudio (Europa/USA), para la investigación y el estudio de nuestro

proceso cultural y estético, han empañado aún más el estudio, comprensión y

entendimiento de nuestra cultura, nacida y forjada en el proceso de la contraplantación.

La cultura puertorriqueña como la entendieron la mayoría de los intelectuales y

artistas puertorriqueños desde el siglo XVIII hasta Luis Llorens Torres, por poner un

límite, fue concebida como una cultura mulata y antillana; ni española, ni taína, ni

africana. En nuestro horno transmutativo de lo nuevo hemos transformado todos esos

elementos, esas corrientes en una cultura singular.

 

Palés en su poética histórica nos pudo ver en su Ten con Ten. Logró plasmar en el

lenguaje nuestra antillanía. Oller, en El Velorio como en el Jibarito tocando güiro, nos

presenta una imagen de la cultura antillana puertorriqueña que desdibuja las

especulaciones historiográficas oficiales sobre la dicotomía pigmentocrática de nuestra

identidad.

 

El jibarito de Oller es un puertorriqueño negro en la ruralía puertorriqueña. Su

imagen rompe con la visión colonial del jibaro tradicional como el blanco de la montaña

y el negro de la costa. Esa dicotomía ha llevado a la formulación de especulaciones

históricas de la existencia de dos naciones o de dos culturas que nunca conformaron una

nación antropológica. También, ha sembrado la idea de nuestra irremediable e

insuperable diferencia con el resto de las sociedades antillanas y caribeñas. Nada más

lejos de la realidad histórica social del Caribe. En nuestra geografía vital los negros y

blancos mulatos puertorriqueños se han cruzado a lo largo y ancho de la misma. Para

muestra un botón basta y esta pintura de Oller lo evidencia.

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El Velorio de Francisco Oller

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Economía política de la colonia

“Uno de los mecanismos que utiliza el estado promotor de Operación Manos a la Obra para combatir el desempleo fue la emigración y el establecimiento de industrias de alta composición orgánica de capital. Sin embargo, esta política no resuelve el problema.  Durante los años de 1947 a 1961 las empresas promovidas por la Compañía de Fomento sólo empleaban un promedio de 70 obreros por unidad de producción.  De 1969 a 1975, la compañía de Fomento se percató de que los empleos prometidos por las fábricas promovidas fueron insuficientes concretizándose sólo el 28.7% de los mismos.

Por otro lado, la compañía de Fomento esperaba que las industrias petroquímicas crearan los empleos necesarios y que surgieran “efectos de eslabonamientos hacia atrás según se fueran creando nuevas empresas para suplir materias primas y semi-elaboradas” y que “se desarrollarían eslabonamientos hacia adelante, especialmente en el sector de las petroquímicas, según se fueran creando nuevas empresas para adquirir la producción de las industrias de uso intensivo de capital”. Sucedió todo lo contrario. Estas industrias estaban eslabonadas a los canales de abastecimiento y circulación de compañías en los Estados Unidos.En ningún momento intentan desarrollar eslabonamientos en Puerto Rico, así como tampoco el estado (colonial) las motivó a ello. Debido a esto, su impacto fue mínimo en cuanto a la solución del grave problema del desempleo.  Dietz compara en su libro a estas compañías con la dinámica de las centrales azucareras en las primeras décadas del siglo XX.

El comportamiento de estas compañías petroquímicas tiene sus raíces en la naturaleza de la relación económica entre Puerto Rico y los Estados Unidos. La relación de la economía (colonial) puertorriqueña con la economía regional norteamericana no guarda una relación orgánica.Este factor me lleva a plantear uno de los puntos desarrollados por Marx sobre la dinámica del capital industrial.  El capital industrial se entreteje, ya sea en mercancías, de los modos sociales de producción más diversos, en la medida en que estos son al mismo tiempo producción de mercancías, porque “en cuanto a mercancías entran en el ciclo del capital industrial, así como en la circulación del plusvalor del que él es portador”.  De ahí que la naturaleza subsidiaria y dependiente de la economía colonial puertorriqueña aunque no comparta los elementos fundamentales de la formación social de la economía norteamericana, es decir, su desarrollo económico y político, sí colabora o engrana con el ciclo de capital industrial de las compañías matrices estadounidenses.

(En este trabajo se hace referencia a las similitudes de comportamiento industrial de las centrales azucareras, de las petroquímicas y hoy se puede incluir a las industrias farmacéuticas.)

“El proceso de producción de estas industrias comienza en los Estados Unidos utilizando capital financiero para la compra de materia prima, los medios de producción y la mano de obra estadounidense.

En esta fase de producción el capital productivo va a organizar un producto, transformado en parte en una mercancía, con un valor mayor al dinero invertido.  Aquí lo que sucede es una interrupción momentánea del ciclo, ya que la mercancía no está del todo terminada, y por ende, tampoco totalmente valorizada.  Esta se transporta a la subsidiaria (en Puerto Rico) para finalizar el proceso de producción. La fase (colonial puertorriqueña) del proceso de valorización de esa mercancía, que viene siendo un producto semi-elaborado, se une a la fuerza de trabajo puertorriqueña, y a un medio de producción local (de la subsidiaria).  Esta subsidiaria exporta nuevamente su producto, una mercancía de valor incrementado, hacia los Estados Unidos donde se vende a un costo mayor a su costo real de producción.

… esta relación de producción y reproducción de mercancías se desarrolla entre los Estados Unidos y Puerto Rico, pero el control del proceso y el excedente queda en manos de la industria matriz en los Estados Unidos. La aportación de Puerto Rico en todo este proceso es fundamentalmente de mano de obra (barata y productiva), que agrega un valor mayor al producto que es apropiado por las compañías extranjeras establecidas fuera de Puerto Rico.  Es decir, que nuestra economía (colonial) no tiene legislación para que ese proceso de valorización que se desarrolla en la isla pueda mantenerse para beneficio de nuestro desarrollo económico.”

De mi libro Sindicalismo y lucha política: Apuntes sobre la historia del movimiento obrero puertorriqueño, 1969-1972, (2010) publicado por la Editorial Tiempo Nuevo, páginas de la 110 a la 114.

Aclaración: este sucinto análisis no toma en cuenta los nuevos procesos de rotación de capital ni la manifestación del proceso de valorización en los procesos de consumo que está estrechamente ligado a la ruina planificada de nuestra agricultura por el estado colonial.

 

 

 

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El exilio de la metáfora en la poesía puertorriqueña

Ya no frecuento las lecturas de la poesía más reciente. Me parece estar escuchando crónicas del mundo seudourbano insular. La prosa casual, cotidiana, normativa se impone sobre el lenguaje poético. La metáfora y sus compañeras de viaje, la metonimia, la sinécdoque, el símbolo y la alegoría parecen haberse exiliado de la producción poética puertorriqueña actual. La subversión del lenguaje poético ha sido sustituida por la narrativa chistosa de un humor común con cierto ingenio fácil y domesticado. Todos se aplauden unos a otros y se ríen con ese humor fofo y colonial que da lástima. Por eso, no voy a escuchar a los poetas de hoy.

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La genuflexión de los intelectuales coloniales

Ayer, 15 de septiembre de 2015, presencié la Lección Magistral dictada por el Dr. Arcadio Díaz Quiñones en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico en Bayamón.  El autor de El arte de bregar, se convirtió en el conferenciante de El arte de perder.  Su conferencia titulada El arca de Noe a propósito de una pintura de Consuelo Gotay, fue una reflexión de su memoria, que bien pudo escribir o publicar como la visión de sí mismo, de su formación intelectual, para que sus discípulos coloniales pudieran de forma nihilista regocijarse con su lectura póstuma.  Me enteré quienes fueron sus maestros más importantes y que colecciona arte.  Cuando habló sobre la situación de la colonia, nos aconsejó aceptar la derrota, no hubo ningún tipo de propuesta sobre cómo los intelectuales pudieran intervenir ante la crisis colonial que no fuera, acepten lo que viene, no se puede hacer nada más que leer.  Fue la conferencia de un intelectual derrotado y de la genuflexión colonial internalizada por sus discípulos.

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Es posible la independencia de Puerto Rico, colonia USA?

¿Es posible la independencia de Puerto Rico, colonia USA?

Por Raúl Guadalupe de Jesús

Cuando los estadounidenses invadieron a Puerto Rico, a Cuba y a Filipinas en la guerra española-estadounidense de 1898 la llegada de los invasores no fue recibida con cariño en ninguna de las posesiones españolas.   En Cuba y en Filipinas hubo una resistencia radical permanente resultando en la Enmienda Platt, independencia con protectorado, y en la independencia de las Filipinas.

Puerto Rico quedó sometido al gobierno militar estadounidense. No obstante esa realidad, la invasión no fue un picnic como cierta historiografía colonial expone. La invasión recibió resistencia del ejército español en la zona centro sur y hubo varios movimientos rebeldes puertorriqueños que se expresaron contra la invasión, la respuesta militar de Ciales el 13 agosto de 1898 compuesta de 600 campesinos ha sido uno de los sucesos que la historiografía oficial ha dejado en la oscuridad, y las llamadas partidas sediciosas, le hicieron frente en escaramuzas a las tropas invasoras. También, hay que plantear que hubo sectores políticos y sociales del país como la clase propietaria, vinculadas al autonomismo, que vieron con buenos ojos la intervención militar arguyendo que con ello se trasplantarían los derechos democráticos liberales estadounidenses de inmediato a la isla. Realmente, el desiderátum de esta clase social era insertarse en el mercado estadounidense con la ilusión de ser los principales proveedores del azúcar de la nueva metrópolis.  Se trasplantó un gobierno militar, la compra a quemarropa de la tierra devaluada en la isla, por el cambio de moneda, por parte de las centrales azucareras estadounidenses y la eliminación de uno de los derechos democráticos fundamentales, la Libre determinación.

Una fracción mayoritaria de los propietarios puertorriqueños le entregaron el gobierno a los invasores.   Estos sectores capitaneados por Luis Muñoz Rivera y José Celso Barbosa colaboraron con la intervención política-militar y económica, y estuvieron dispuestos a convivir con una dictadura político-militar liberal.   Algo parecido, no igual, al colonialismo británico en Irlanda.

Las condiciones de vida de las clases trabajadoras puertorriqueñas bajo la dictadura de las corporaciones del azúcar y del tabaco, atacando las industrias locales y sometiendo al capital puertorriqueño, fueron paupérrimas.   La década de 1920 es una de transiciones políticas importantes y una de crisis social y económica en la sociedad puertorriqueña de la primera posguerra o del mundo entre guerras.

En el escenario de la política insular aparecen dos figuras políticas centrales: Luis Muñoz Marín, colaborador social del imperio y Pedro Albizu Campos la figura política anti-imperialista más coherente con una visión política y social sobre la república de Puerto Rico.

La labor de Albizu Campos germina en un movimiento de liberación nacional revolucionario que decide enfrentar al imperialismo.   El nacionalismo albizuista fue el único movimiento que rompe con el imperio y se decide a crear una crisis política para forzar al mismo a ceder la independencia de la Isla. Ante esa tamaña e importante empresa, el imperialismo como todos los imperialismos fue despiadado, la represión fue sin cuartel. Una represión muy bien planificada, consistente en la eliminación de los cuadros revolucionarios anti-imperialistas, la apertura de ciertas beneficiencias sociales y la reorganización de la política partidista colaboracionista.

El Partido Comunista minúsculo, reducido a la influencia del Partido Popular Democrático y luego eliminado por la política del browderismo en 1943 desdibuja la posible influencia que pudo tener en la política puertorriqueña.   El alejamiento de los comunistas puertorriqueños del trabajo anti-imperialista en la Segunda Guerra Mundial y su concentración en el trabajo social, desvinculado de la labor anti-imperialista en una colonia según las tesis leninistas, atrajo a los comunistas que militaban en el nacionalismo revolucionario en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y en la posguerra.

Estos factores, sin duda, afectaron políticamente al nacionalismo revolucionario, dejando un espacio político amplio al desarrollo de la política de colaboración del PPD y Luis Muñoz Marín. Sin embargo, las fuerzas anti-imperialistas siguen desarrollando su lucha en el contexto de las décadas de 1950 y 1960, la revolución anti-imperialista y socialista cubana será un suceso cardinal en la historia del Caribe. En ese proceso los independentistas liberales se aglutinan en el Partido Independentista Puertorriqueño, bajo los influjos de la radicalización de la revolución cubana y la insurrección nacionalista de 1950, sectores radicalizados abandonan el PIP y junto a los comunistas provenientes del nacionalismo y del Partido Comunista, entre ellos la figura central de César Andreu Iglesias del PC, se funda el Movimiento Pro-Independencia, MPI.

El MPI motoriza la lucha de independencia en un contexto de crisis político-económica en la colonia y de guerras de baja intensidad en el contexto mundial. El independentismo anti-imperialista y socialista comienza a insertarse en el movimiento obrero y en las masas populares, de forma prolongada. Un trabajo que fue abortado por las visiones aceleradas de los procesos políticos y sociales que llevó a una desarticulación de las estructuras organizativas del Partido Socialista Puertorriqueño, criatura política del MPI.

El imperialismo y su estado colonial, como parte de la represión directa a los cuadros revolucionarios, apoyados por una emigración cubana de derecha que se ancló en este país con una actitud igual de imperialista, implantó un nuevo sistema de beneficiencia social que mitigó, y mitiga, de forma relativa algunos problemas apremiantes de las masas pobres y trabajadoras del país.  Nuevamente, el imperialismo utiliza la beneficiencia social para atraerse a los amplios sectores sociales que pueden constituir la base de la revolución puertorriqueña. Esa base social en los años del desarrollo de la industrialización dependiente y colonial la constituía los sectores populares y la clase obrera cuya presencia numérica era significativa. Una vez se desploma la industria petroquímica y se elimina las empresas 936 la clase trabajadora puertorriqueña asiste a un proceso de achicamiento en su vertiente industrial y adquiere una mayor presencia en el sector público.   En términos generales, en la actualidad la clase obrera es más pequeña que en la primera mitad del siglo XX y menor a la existente en los años de 1960 al 1980.

Podríamos establecer que ha ocurrido un achicamiento de la clase trabajadora oficial y una ampliación del sector trabajador informal y de los sectores populares, sumado a un avance significativo de la economía del narcotráfico.   A ello hay que sumarle un factor, la ampliación de las transferencias federales. El fondo de las transferencias federales y el presupuesto colonial son los fondos que han servido de abastecimiento, por medio del robo legal e ilegal, de capital a la burguesía parasitaria puertorriqueña articulada políticamente en el Partido Popular Democrático y en el Partido Nuevo Progresista. Esa burguesía parasitaria ha expandido y profundizado sus garras de pillaje sobre esos fondos ante su carencia de fuentes de acumulación de capital.   Hay añadir que sectores de esa burguesía parasitaria, además de vivir del dinero público, tienen sus inversiones en el mundo del narcotráfico.

A ello hay que sumar otro factor, la dependencia en un 85% de productos confeccionados en el extranjero en su mayoría por marcas corporativas estadounidenses. Un pueblo que no coma, vista y calce con productos en un gran porciento elaborados en su territorio es uno cuya mirada esta volcada hacia el exterior abandonando toda posibilidad de conocerse desde sus raíces, desde su interioridad. Y los individuos como los pueblos que no tengan una psiquis interior coherente, una personalidad definida, están destinados a la “bipolaridad política”.

 

La crisis de la izquierda política y la crisis política de la colonia Puerto Rico USA

           

            Ya casi es un denominador común decir “la crisis de la izquierda”. Los factores generales de esa crisis ya se han sobreanalizado pero sin la voluntad política no hay programa ni proyectos, ni análisis revolucionarios que se puedan implantar. La voluntad política requiere de un compromiso que los integrantes de la izquierda política no estamos dispuesto a pagar. Problemas como el sectarismo, el gigantismo, el practicismo, el teoricismo, entre otros, han existido y existirán, todos esos malos funcionamientos pueden neutralizarse si existiera una práctica revolucionaria coherente y clara.

La izquierda puertorriqueña ha sufrido de un fenómeno en las últimas décadas poco estudiado, su colonización euroestadounidense.  Los centros de enseñanza en el mundo moderno se convirtieron en un momento dado en focos de generación de pensamiento crítico; donde se producían juicios racionales rigurosos sobre los problemas centrales del mundo contemporáneo y se exponían soluciones que en algunos momentos estuvieron acompañados de una acción política.

La invasión de las nuevas ideas posestructuralistas del pensamiento sociológico e historiográfico de la academia europea a la universidad colonial puertorriqueña desmontó toda posibilidad de pensamiento crítico.   Si el pasado es una construcción social lingüística y solo se puede acceder meramente como una escritura literaria, la verdad como concepto entonces es sumamente relativa y su estatuto es cuestionable hasta el extremo de negarla. Esa es una de premisas fundamentales asentadas en la historiografía y en las ciencias sociales puertorriqueñas.   La versión de ese pensamiento irracional europeo nos llegó a la universidad colonial insular por medio de la academia estadounidense.

Otra consecuencia de esas ideas irracionales es que las luchas sociales hay que darlas de forma seccionada, el llamado seccionalismo estadounidense. En Puerto Rico, la mujeres están organizadas, los gay, transgéneros y las lesbianas, los ambientalistas, los sindicalistas, los independentistas y los estudiantes. Cada grupo se aferra a su pequeña trinchera, su horizonte político no trasvasa su grupo o sección.   Los independentistas que podrían parecer los que tienen una visión de la totalidad del problema han caído presa del soberanismo colonial del Partido Popular Democrático, y la independencia ni la impulsan, ni la plantean, ni la defienden pues los derechos democráticos, esbozados y definidos por el progresismo estadounidense, son primeros. Relegando el más fundamental derecho democrático para una comunidad colonizada, el derecho a su independencia. El derecho a conquistarla por todos los medios posibles y a adquirir pleno control de su territorio, agua y cielo, y a organizarse políticamente en una república.

Entonces si el seccionalismo estadounidense se ha impuesto como programa activo y la independencia ni se invoca en los centros espiritas, el futuro de la nación puertorriqueña será ser colonia USA por largos años cuando no toda la vida.   Es en ese sentido, que parte de la izquierda puertorriqueña yace colonizada por la ideología irracional euroestadounidense.   Tan es así, que en la pasada campaña electoral un líder político de los trabajadores, candidato a gobernador, sostuvo en entrevista que estaba dispuesto a que los estadistas lo convencieran de esa opción de estatus. La independencia se ha convertido en un problema para los independentistas. Hasta ese extremo nos han arrinconado en la colonia.

Mientras más se profundiza esta tendencia colonialista en la subjetividad y objetividad de los resortes de la sociedad colonial puertorriqueña, más difícil se hace articular un movimiento de liberación nacional. El trabajo político en esa dirección confronta nuevos escenarios no antes agudizados como es el problema de la narcocolonia. El trabajo político de liberación nacional en los sectores populares y en otros grupos sociales tiene que prender de un proceso prolongado, con cuadros políticos formados no en el espontaneísmo ni en el protagonismo mediático, sino en una política revolucionaria paciente y planificada, cuyo objetivo central sea ir elaborando un convencimiento de la necesidad de la independencia.

En sus inicios ese trabajo político será anónimo mientras vaya tomando forma y presencia organizada, con una ofensiva clara, consciente que en la defensiva no se avanza, que es la ofensiva donde todo movimiento político logra acumular fuerzas y experiencias para el accionar político.   Con esta perspectiva el movimiento de liberación nacional debe insertarse de forma prolongada en las comunidades pobres, en los centros de trabajo y de estudio, en las distintas luchas del pueblo sin caer en el sectarismo del seccionalismo, y tomando clara distancia de los partidos coloniales. Se hace necesario un proyecto político de liberación que rebase los estrictos marcos de los intereses individuales. Un proyecto de liberación que no sea rabiza de ningún movimiento internacional ni metropolitano. El proyecto de liberación nacional debe comenzar a sembrarse en las mentes de los puertorriqueños, y ese movimiento se tiene que comenzar a proyectar por todos los medios posibles. En la escuela, en la comunidad, en la participación electoral, en el trabajo internacional, en los grupos de mujeres, en la lucha ambiental, en el trabajo agrícola, etc., la llamada amplitud no debe ser un pretexto para dejar de impulsar la idea de la necesidad de la independencia. Ello requiere de un trabajo político largo, paciente e informativo. Es el antídoto más eficaz para confrontar de forma creativa la destrucción colonialista de nuestra sociedad, sembrar la idea de la necesidad de la independencia nacional.

 

 

La pregunta

            La interrogante con la cual titulé este ensayo es una que pretende ser abierta para que los que se sientan llamados a contestarla puedan hacerlo. Ya esbocé algunas ideas generales en mi intento de ofrecer posibles repuestas.

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Primero de mayo proletario

El movimiento obrero puertorriqueño se mostró dividido y debilitado en la celebración de los actos del Primero de Mayo.  La festividad internacional obrera es la expresión más radical del movimiento obrero.  La fecha conmemora el sindicalismo político clasista y revolucionario contra el capital.  En sus orígenes las ideas radicales estaban marcadas por el marxismo y el anarquismo, lejos de las tendencias tradeunionistas o del sindicalismo empresarial estadounidense, y  esas ideas radicales permeaban al movimiento obrero en su conjunto.  Hoy, mayo de 2015, el movimiento obrero puertorriqueño, por un lado, está permeado por un sindicalismo reformistas que incluye al sindicalismo empresarial y a los sindicatos y movimiento políticos reformistas coloniales, y por otro lado, a una vertiente radical que tiende a impulsar ideas más avanzadas y de ruptura pero con una política de alto contenido sectario e inflexible.  El sindicalismo empresarial con su fondo monetario de AFL-CIO domina definiendo al sindicalismo puertorriqueño como uno refromista y legalista muy cercano al Partido Popular Democrático.

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